Letras de Tango Argentino. Marioneta
Marioneta
Tango Argentino de Armando Tagini y Juan José Guichandut
Por Eduardo Aldiser
Esta es una de las joyitas que llevan la firma de Armando Tagini, cantor con la orquesta de Anselmo Aita que, entre 1927 y 28, cuando sólo tenía 21 y 22 años, deja para el tango títulos célebres, y entre ellos Marioneta de 1928. Casi adolescente comienza a trabajar en oficinas de los ferrocarriles y allí tiene compañeros que se escriben con mayúsculas, como él mismo, en la historia de nuestra música. Los que más influenciaron en su carrera fueron, entre otros, Francisco García Jiménez y dos músicos que fueron los compositores de la mayoría de sus temas, Juan José Guichandut y Rafael Tuegols
Siendo “La Gayola” y “Gloria” sus primeros éxitos, cantados por Carlos Gardel junto a “Mano cruel”, allí nomás le siguen más títulos célebres de su producción como “Marioneta”, nuestro tema elegido de hoy, la impecable “Misa de once” y “Perfume de mujer”, los tres con Guichandut y los tres… soberbios tangos.
Este muchacho porteño nacido en el Abasto nada menos un 9 de junio de 1906, de padre italiano y madre vasco española, también firmó “Abrojos" con música de Alfonso Lacueva, "El embrujo de tu violín" con Mario Maurano, "La marcha nupcial" junto a Juan Venancio Clauso, "El cornetín del tranvía" y "Menta y cedrón" con música de Oscar Arona, entre los más interpretados en su momento y aún recordados.
¿Qué referencia le doy para encarar “Marioneta”? Las versiones a mi gusto más logradas en cualquiera de sus grabaciones, las que ha realizado el memorable “gayego” Floreal Ruíz.
Es un tango evocativo que nos lleva a situarnos en un patio de conventillo y a sentir la fuerza de sus versos. Vamos, cántelo y hágale un guiño al recuerdo de don Armando Tagini, un cantor que ha trascendido por sus temas inolvidables.
Marioneta
Tango Argentino (1928)
Letra: Armando Tagini
Música: Juan José Guichandut
Tenía aquella casa no sé qué suave encanto
en la belleza humilde del patio colonial
cubierto en el verano por el florido manto
que hilaban las glicinas, la parra y el rosal...
¡Si me parece verte! La pollerita corta,
sobre un banco empinadas las puntas de tus pies,
los bucles despeinados y contemplando absorta
los títeres que hablaban, inglés, ruso y francés.
-¡Arriba, doña Rosa!...
¡Don Pánfilo, ligero!...
Y aquel titiritero
de voz aguardentosa
nos daba la función.
Tus ojos se extasiaban:
aquellas marionetas
saltaban y bailaban
prendiendo en tu alma inquieta
la cálida emoción...
Los años de la infancia risueña ya pasaron
camino del olvido; los títeres también.
Piropos y promesas tu oído acariciaron...
te fuiste de tu casa, no se supo con quién.
Allá entre bastidores, ridículo y mezquino,
claudica el decorado sencillo de tu hogar...
Y tu, en el proscenio de un frívolo destino,
¡sos frágil marioneta que baila sin cesar!
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en la belleza humilde del patio colonial
cubierto en el verano por el florido manto
que hilaban las glicinas, la parra y el rosal...
¡Si me parece verte! La pollerita corta,
sobre un banco empinadas las puntas de tus pies,
los bucles despeinados y contemplando absorta
los títeres que hablaban, inglés, ruso y francés.
-¡Arriba, doña Rosa!...
¡Don Pánfilo, ligero!...
Y aquel titiritero
de voz aguardentosa
nos daba la función.
Tus ojos se extasiaban:
aquellas marionetas
saltaban y bailaban
prendiendo en tu alma inquieta
la cálida emoción...
Los años de la infancia risueña ya pasaron
camino del olvido; los títeres también.
Piropos y promesas tu oído acariciaron...
te fuiste de tu casa, no se supo con quién.
Allá entre bastidores, ridículo y mezquino,
claudica el decorado sencillo de tu hogar...
Y tu, en el proscenio de un frívolo destino,
¡sos frágil marioneta que baila sin cesar!